|EN FRÍO|
Planta baja
Ya ha sonado la campanilla aunque no se haya abierto la puerta. La bajada ha sido prolongada, que no acentuada. Suave, como la de esos ascensores de los pisos caros. Ni se han dado cuenta. Han pasado del octavo piso –nunca más arriba en esta Liga- al penúltimo puesto y de ahí, o coge el pico de minero, o será complicado que baje. Planta baja y al sótano por las escaleras. Ya habrá tiempo para planificar la marcha por la escalinata. Por segunda semana consecutiva y desde aquel 1 de noviembre de 2007, el Real Valladolid ocupa puesto de descenso a Segunda División. Es más, después de la victoria del Tenerife y del Málaga, ha comprado una rifa más para la Liga Adelante. Sin embargo, peor no puede estar. Planta baja. La flecha ya sólo puede dirigirse en un sentido y el mensaje pesimista cala demasiado hondo como para sublimarlo en demasía.
La situación, casi a ras de suelo, invita a la ascensión, por mucho que el sendero sea abrupto y la montaña se asemeje al Kilimanjaro. Metros y metros de empinada pendiente amenanzante y un único objetivo: superar los tres escalones soterrados. Visto así, y tras el paso del Zaragoza, la altura disminuye. Curioso lo del equipo maño, han pasado tres años desde la última vez que visitó Zorrilla y sigue jugando a lo mismo… a nada. Falta una nueva cerilla para que La Romareda arda, ‘suazos’ al margen. Por ahí puede llegar otro halo de esperanza. Sólo quedaría un escalón. Sólo uno. De verdad. Un pasito para salvar una temporada funesta digna de los mundiales de Mortadelo y Filemón. Casi hay que echar la vista al pasado y recordar con añoranza aquellas campañas de Moré o de Manzano en las que el equipo se quedaba sin objetivos en el mes de marzo. En los tres últimos, no se ha podido vivir un final de Liga tranquilo. De esos de tazón de palomitas observando como son otros los que viven el último minuto con el marcapasos saliendo por la boca. Sevilla, Huelva… mejor que no sea Barcelona, o que si lo es, que el Camp Nou esté ya de vacaciones estivales y con Iniesta y compañía preparando el desembarco en Sudáfrica. El objetivo es simple. Nada de engorros cuánticos. Ni teoremas de Pitágoras aderezados con unas gotas de Fibonacci. Sólo 42 puntos. La planta baja no requiere de más. Nada de elevar la mirada por encima del cuarto piso. Eso es para aventureros sin techos de cristal. Aventureros acostumbrados a darle a la sirena cuando el ascensor baja más de lo esperado. No hay necesidad de llegar hasta la planta baja. En el cero, el consuelo está en saber que no existen salidas subterráneas. No hay toboganes con dirección al infierno. 'C´est fini'. A partir de aquí, en el ascensor sólo hay una flecha.
La mendilina
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