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La Opinión de los martes - El ocaso de Zaldibar
Escrito por J. J. López
01.02.2010
El ocaso de Zaldibar
Ya nadie olvidará dónde está Zaldibar. Lo mismo dará que el valle de los caballos esté a casi 300 kilómetros o que en su campo de fútbol no haya ni una sola alusión al Real Valladolid. Zaldibar siempre formará parte de la historia blanquivioleta gracias a José Luis Mendilibar, un técnico que ha caracterizado su ciclo en Zorrilla por la pasión, para bien y para mal.
Desde que llegara el 21 de junio de 2006 y hasta el 1 de febrero de 2010, día en el que se ha consumado el canto del cisne, el ya ex técnico del Real Valladolid ha movilizado a la opinión pública. Desató la locura con el metórico ascenso del equipo. Su forma de ser, cabezota, pero honesta, aglutinó a buena parte de la afición. Mendilibariano, seguidor del Valladolid que comulga con las tesis de un técnico que apuesta por el trabajo y la intensidad como recetas para alcanzar el éxito. No mendilibariano, aquel seguidor blanquivioleta que reconoce el mérito del ascenso, pero que no cree que el vasco sea un preparador válido para la Primera División.
El de Zaldibar se ha caracterizado siempre por su sencillez. Muchos otros entrenadores en la temporada de su ocaso habrían puesto el grito en el cielo con la falta de efectivos. De hecho, las incorporaciones invernales -Keko, Del Horno y Sereno-, sólo dan la razón a los que creen que la planificación ha sido muy mala. Ni un atisbo de cordura. Mendilibar se ha vuelto loco en la búsqueda de un problema al que no ha encontrado solución y que ha terminado por devorarle. El fútbol no entiende de sentimientos. A Marcos sólo le han faltado las lágrimas para certificar su desazón ante la marcha del último gran ídolo blanquivioleta. No es que hiciera más que Goyo Manzano, ni que Moré, ni que Don Vicente, pero su ciclo se caracterizó por la pasión que arrastró a su paso. Devolvió la alegría a una afición cansada de tanto pichón cierrabares y creó un vestuario que tenía en Mendilibar a su Mesías.
Fue el germen del ascenso y de la primera permanencia. Luego la guardia pretoriana menguó y la renovación del vestuario engulló al ex del Athletic y del Eibar. Él no se merecía esta salida. Mendilibarianos y no mendilibarianos coinciden. Quizá el adiós debió llegar tras el partido del Betis y la segunda salvación in extremis. Sin embargo, es complicado renunciar. Ni Guardiola -Mendilibariano confeso- ha conseguido tener voluntad.
No es tarde para homenajear a 'Mendi'. Es más, debería ser una autoimposición a un club por el que ha hecho tanto y al que ha devuelto a la élite. Durante casi cuatro años Mendilibar ha sido sinónimo de Valladolid, de blanquivioleta, y ahora también la pasión que ha desatado su ocaso implica una salida más airosa que la de la puerta morada de la sala mixta del Estadio José Zorrilla. No se puede, ni se debe olvidar la labor de un técnico que, para bien y para mal, ha luchado por los más de 80 años de historia de toda una institución que ya nunca olvidará el nombre de Zaldibar.