El genoma futbolístico es curioso por naturaleza. Algunos jugadores tienen ese código genético fraguado a base de testiculina 'machita' aderezada con una buena dosis de valor, estilo rey Leónidas en 300. Otros, han sido iluminados por el ser superior –y no precisamente Florentino- con un ADN capaz de hacer mil y una filigranas con la pelotita. Llamados a ser las estrellas de un equipo que, aún así, necesita de todas las amalgamas para funcionar.
El Real Valladolid de la era Mendilibar podía presumir de espartanos en las Termópilas. Jugadores de pelo en pecho. Luchadores hasta la extenuación, encarnados en figuras como la de Iñaqui Bea, Llorente o García Calvo. Futbolistas de raza, con un carácter innato, capaces de sacar la casta en los momentos más duros. Profesionales del balón, que para bien o para mal, habían aprendido a amoldarse a un club peculiar, que siempre atraviesa altibajos a lo largo de la temporada y que tiene en el blanco y el violeta su razón de ser.
Hay en ocasiones que es complicado callarse. Difícil no, imposible. Lo intentas. Lo sopesas durante varios segundos, y cuando has empezado a articular la primera palabra te das cuenta de que estas 'metiendo la pata'. Sin embargo, ese segundo pensamiento, en el que te arrepientes, ya te honra. A alguno, la contradicción le da arcadas.
Después del partido ante el Osasuna, la zona mixta fue un hervidero de declaraciones. La propia sala de prensa, con Mendilibar y Camacho a la cabeza, tampoco se quedó atrás. El arbitraje fue el tema más manido. «Es un tocapelotas», argumentó Sisi, en referencia al colegiado del choque, Paradas Romero. Lo fue. Es verdad. Lo piensa hasta el apuntador. Sin dudas. Desquició a los blanquivioleta. A todos. Aunque también parte de la culpa la tuvo el orden del Osasuna, y si no que se le pregunten a Luis Prieto o a César Arzo.
El público tiene la última palabra. Así de claro y así de justo o injusto. Por el módico precio de 15 euros, uno puede ir a Zorrilla a desgañitarse a gusto. Eres un tal o un pascual. Siempre soberano. Dueño de la última palabra, aunque esta caiga en el uso más burdo y cruel.
Hasta el último 'pelamanillas', recién aterrizado en el coso de Zorrilla, sin más historia futbolística que los interminables campos de Oliver y Benji, es capaz de dar lecciones de balompié desde el segundo anfiteatro.
¡Qué bien le sienta septiembre a Valladolid! Al olor a 'chopito' andaluz y a pulpo a la gallega de las casetas regionales se le une el aroma del césped recién cortado. De ese tapete húmedo esperando el sutil toque de algún soñador con ganas de hacer algo grande por el blanco y el violeta.
Al amparo de la Virgen de San Lorenzo se han fraguado los comienzos más esperados y también los más desconcertantes. Hace apenas un año, el Atlético de los 'matadores' –Forlán y Agüero- sucumbía por obra y gracia de la patrona. Rebujito y arroz a la zamorana para celebrarlo.
Estaba molesto. Muy molesto. La típica foto de canteranos de pretemporada era uno de los momentos que más le molestaba. «Si ya la tendréis guardada de otros años», comentaba mientras Quique o Carlos Lázaro disfrutaban de su momento. De aquello hace ya más de un año, y Jacobo Sanz Ovejero veía su futuro -una vez más- lejos del césped del José Zorrilla.
Asenjo y Justo Villar parecían ser los elegidos de Mendilibar. Los encargados de defender el futuro blanquivioleta. ¡Y vaya si lo hicieron! Por lo menos el palentino, que se encargó de dejar al equipo en Primera antes de poner rumbo hacia el Vicente Calderón. Se lo merecía, todo hay que decirlo.
47.200 entradas de 'San Google' certifican la frase más manida del mes de agosto. «La pretemporada pasa factura». «La carga de trabajo hace mella en las piernas». «En la segunda parte se notó el bajón físico». «El calor acabó con las ideas del centro del campo»… y dale.
Erre que erre. Parece como si a la tecla o al observador de a pie se le olvidara que los tópicos son iguales para todos.