Y el polígrafo dice... que miente. Después de la verborrea de las últimas semanas uno no sabe a que atenerse. Con la nave blanquivioleta intentando superar la profundidad del Titanic se ha entonado en Zorrilla el sálvese quién pueda. ¡A los botes! Aunque como sucediera con el famoso transatlántico, la orquesta siga tocando. Por lo menos lo hará un mes más. Nos cansaremos de escuchar las palabras de unos y otros.
Sólo palabras, está claro. Porque el fútbol hace mucho que desapareció de las botas de unos jugadores al borde de un ataque de nervios. Las mismas frases que se repiten hasta la saciedad desde la jornada uno. «Con dos victorias todo cambiará». Hasta las narices de la dichosa muletilla. «Es algo psicológico». Sólo que en este caso dos miligramos de ‘tafil’ no son suficientes.
Ya ha sonado la campanilla aunque no se haya abierto la puerta. La bajada ha sido prolongada, que no acentuada. Suave, como la de esos ascensores de los pisos caros. Ni se han dado cuenta. Han pasado del octavo piso –nunca más arriba en esta Liga- al penúltimo puesto y de ahí, o coge el pico de minero, o será complicado que baje. Planta baja y al sótano por las escaleras. Ya habrá tiempo para planificar la marcha por la escalinata.
Por segunda semana consecutiva y desde aquel 1 de noviembre de 2007, el Real Valladolid ocupa puesto de descenso a Segunda División. Es más, después de la victoria del Tenerife y del Málaga, ha comprado una rifa más para la Liga Adelante. Sin embargo, peor no puede estar. Planta baja. La flecha ya sólo puede dirigirse en un sentido y el mensaje pesimista cala demasiado hondo como para sublimarlo en demasía.
Para la mayoría de los mortales es sólo una fecha. Para los creyentes un día en el que honrar a los seres queridos que se marcharon sin remedio. Roberto Dueñas o Igor González de Galdeano celebran su cumpleaños, mientras que los amantes de las aventuras rememoran el paso de Magallanes por su estrecho.
De aquel histórico viaje pasaron 487 años hasta aquella mágica noche en el José Zorrilla. Mágica por el lleno del coso pucelano y mágica porque la familia blanquivioleta estaba unida. Equipo y afición, pese a que en el casillero sólo ondeaba una victoria, remaban en el mismo sentido.
Para Onésimo Sánchez la vida es sueño. Todas las personas persiguen el suyo. En el caso del nuevo entrenador del Real Valladolid este se encontraba en Zorrilla. En el primero del año se despertó sobresaltado. Quizá tuvo una visión de lo que podía ocurrir tan sólo un mes después.
Premonición o intuición de hombre de fútbol. De un perro viejo que se las sabe todas dentro del vestuario. Él inventó la trampa. El cambio de partitura era esperado por cierto sector del vestuario, pero por sus cabezas no pasaba que el nuevo pentagrama lo encarnara Onésimo, un hombre de la casa. Un remiendo muy de moda en el fútbol español. La crisis manda.
Ya nadie olvidará dónde está Zaldibar. Lo mismo dará que el valle de los caballos esté a casi 300 kilómetros o que en su campo de fútbol no haya ni una sola alusión al Real Valladolid. Zaldibar siempre formará parte de la historia blanquivioleta gracias a José Luis Mendilibar, un técnico que ha caracterizado su ciclo en Zorrilla por la pasión, para bien y para mal.
Como me gustaría equivocarme. Cuando sale el tema, miro para otro lado o busco un paño con el que taparme los ojos, pero cada vez es más certero. Ha sonado el último canto del cisne, de un cisne llamado Mendilibar que, como el mismo asegura, tiene las maletas listas. No hoy, ni ayer, siempre las ha tenido en la puerta. Pese a las buenas palabras, sabía que en el Real Valladolid no llegaría a ser Sir, más que nos pese.
Esta temporada no lo ha visto claro. No ha querido oír hablar de renovación, una actitud que le honra. En los últimas apariciones públicas sus palabras se han asemejado a ese cante melodioso que creían los poetas de la Antigüedad que emitía el cisne como premonición de su propia muerte. No funciona y la sintonía empieza a traspasar los muros del José Zorrilla.